INCLUSIÓN LABORAL Y CALIDAD PROFESIONAL – Juan Simón Cancino – Opinión

Las personas que piensan que el trabajo digno y de calidad no es un derecho esencial, corren el riesgo de creer que la esclavitud es la mejor manera de que sus ciudadanos reciban el mínimo vital para sobrevivir. En ese orden de ideas trabajar es mucho más que el intercambio de la fuerza productiva o intelectual por unas monedas que permitan llenar la nevera, porque quien trabaja se realiza como ser humano pleno en el desarrollo de lo más puro de sus habilidades y actitudes, y porque con su aporte contribuye a su propia transformación y a la del entorno que lo rodea.

Una persona con discapacidad que se incluye y es incluida en el mercado laboral, y que se desempeña con calidad en el ejercicio de su oficio, disciplina o ciencia, además de transformar su realidad material y la de los suyos, contribuye al cambio de una serie de creencias enquistadas en el imaginario colectivo, según las cuales quienes viven alguna limitación de carácter físico, intelectual, sensorial o psicosocial carecen por principio de cualquier talento o habilidad.

Una tendencia reciente consiste en mostrar con alto grado de aspaviento cómo las personas con discapacidad son incluidas en el mercado laboral, que en su mayoría aparecen desempeñándose en plantas de producción o talleres, realizando actividades repetitivas, medibles y observables, imágenes en las que prima la limitante de las personas por sobre la calidad en el cumplimiento de sus responsabilidades, que a su vez es objeto de elogios que en raras ocasiones se les confiere a trabajadores sin discapacidad.

Contar las experiencias exitosas de inclusión laboral de personas con discapacidad debería resultar tan extraño como hablar de la inclusión de futbolistas afrodescendientes en los grandes equipos de fútbol del mundo, con mayor razón cuando a estos futbolistas se les contrata por jugadores y no por una condición diferente.

Sería un ejercicio de memoria interesante recordar cuál fue la última empresa en Colombia que se jactó en un escenario público de contratar madres solteras, hombres gais y mujeres lesbianas, miembros de las comunidades afrodescendientes, indígenas, campesinos, gitanos, o cualquier otro miembro de una comunidad históricamente marginada como en el caso de la discapacidad.

Los foros realizados para hablar de experiencias exitosas en relación con la discapacidad, por lo regular se centran en casos aislados o coyunturales, puesto que si el cambio cultural fuera estructural, la excepcionalidad o la coyuntura serían la excepción a la regla, y tales foros resultarían tan extraños como uno destinado para mostrar la importancia de que los menores de 18 años fueran considerados como ciudadanos.

Otro imaginario es el relacionado con la exposición pública de cupos para personas con discapacidad como un logro, como en el acceso a la educación, y esto es evidente en las instituciones que presentan en sus indicadores de gestión la creación de programas especiales, tendencia que favorece a la oferta institucional pero que afecta a la demanda por parte de los ciudadanos, pues las personas con discapacidad en no pocos casos se ven obligadas a estudiar lo que les ofrecen más no lo que quieren, olvidando así que la educación por principio es diversa, y que nada la lesiona tanto como la creación de guetos, en este caso, la creación de espacios especiales para personas que se suponen especiales.

Hay muchos profesionales con discapacidad transformando sus realidades y las de sus entornos desde la ciencia, las artes, en cargos directivos o de gran responsabilidad, pero sus experiencias no resultan tan atractivas, porque en el imaginario utilitarista de las habilidades diversas, sensibiliza más un fulano sin una mano o con gafas negras empacando revistas u operando una máquina en una planta de producción, que un intelectual sensible que cuenta su mundo desde la lengua de señas o desde el lector de pantalla de su computador.

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